4 de septiembre de 2010
Estimada Familia, amigos, organizaciones de DD.HH, ex ministros, colaboradores y Presidentes de Partidos de la Concertación y del Partido Comunista.
Amigas y amigos,
En un día como hoy, en el año 1970 recordamos con profunda alegría el triunfo de la Unidad Popular y de su candidato, Salvador Allende Gossens, a la Presidencia de la República de Chile.
Hoy es un día para celebrar. Celebramos el triunfo de un movimiento social que venía desde la década de los 30, una suma de fuerzas progresistas como lo había sido el gobierno de Pedro Aguirre Cerda, y de todos los sectores políticos que apoyaron las candidaturas de Allende el 52, el 58, el 64 y el 70. Un largo periodo en donde se fue construyendo un amplio movimiento político y social que buscaba transformaciones profundas en nuestro país, producto de las limitaciones de un modelo de desarrollo que no daba respuestas a las demandas sociales que los ciudadanos exigían.
Justamente hoy se cumplen 40 años de uno de los días más felices e importantes de la historia de Chile, especialmente para los trabajadores, las clases populares y la gente sencilla que creía en un mañana mejor.
Hoy, después de 20 años estamos en la oposición, después de haber entregado el poder con la frente en alto, con la satisfacción de haber recuperado la democracia y haber sentado las bases para un mejor desarrollo de nuestro país, a pesar de las muchas tareas pendientes en particular referentes a las desigualdades que aún persisten.
Pero también en este día de celebración no puedo dejar de pensar en los 33 mineros atrapados en la Región de Atacama, producto de la deficiente fiscalización e irresponsabilidad de empresarios que pusieron su codicia antes que la vida y los derechos laborales de sus trabajadores. Como ayer, hoy muchas de las batallas que dio Salvador Allende siguen plenamente vigentes.
El 4 se septiembre de 1970 es una fecha trascendente en la historia de Chile.
La ciudadanía eligió, a través de un proceso eleccionario limpio y democrático, al primer presidente en la historia de Chile que proclamaba un socialismo en democracia. Salvador Allende proponía un proceso revolucionario con respeto a las instituciones, a la democracia chilena y a nuestra tradición republicana.
El Presidente Allende lideró la primera coalición de izquierda, conformada por los partidos de la Unidad Popular y dio forma a su proyecto gubernamental a través de la “Vía Chilena al Socialismo”. Ese día generó amplias expectativas en todo el mundo y concitó el apoyo de diversos líderes internacionales. En el contexto de la Guerra Fría, millones de personas del Tercer Mundo pusieron sus esperanzas en el éxito del socialismo a la chilena o “la revolución con empanadas y vino tinto”, como el propio Salvador Allende la llamaba.
Concebía el socialismo como un humanismo cuya esencia democrática promovía la libertad y la igualdad, y definió su gobierno como “una revolución hacia el socialismo en democracia, pluralismo y libertad…” Fue contrario a todo dogma y contrario a la violencia como forma de lucha. Por ello afirmaba que era necesario “institucionalizar la vía política hacia el socialismo y lograrlo a partir de nuestra realidad presente, de sociedad agobiada por el atraso y la pobreza propios de la dependencia y del subdesarrollo.”
Y respecto a la violencia afirmaba:
“Rechazamos, nosotros los chilenos, en lo más profundo de nuestras conciencias las luchas fratricidas. El respeto a los demás, la tolerancia hacia el otro, es uno de los bienes culturales más significativos con que contamos”.
No se aferraba a la teoría, sino que la confrontaba con la realidad y por ello decía:
“Pisamos camino nuevo… apenas teniendo como brújula nuestra fidelidad al humanismo de todas las épocas…” “tenemos que desarrollar la teoría y la práctica de nuevas formas de organización social, política y económica, tanto para la ruptura con el subdesarrollo como para la “creación socialista”.
Bajo su gobierno se alcanzaron importantes logros en la distribución del ingreso, en educación, en salud, en cultura, en vivienda, en la reforma del agro iniciada bajo el gobierno de su antecesor el Presidente Eduardo Frei Montalva y en la recuperación de las riquezas mineras a través de su nacionalización, compartida unánimemente por todas las fuerzas políticas.
La política exterior de su gobierno se guió por los mismos principios de los gobiernos anteriores; es decir, la autodeterminación y soberanía de los pueblos, la solución pacífica de las controversias y el multilateralismo, agregando la “doctrina del pluralismo ideológico” que fue bien recibida por los países latinoamericanos, particularmente por los países limítrofes con los que tuvo excelentes relaciones. Bajo su Gobierno, Chile fue el primer país de América en establecer relaciones diplomáticas con la República Popular China, hoy nuestro principal socio comercial. El carácter independiente de su Gobierno se manifestó incorporándose al Movimiento de Países no Alineados y no optando por uno de los dos megabloques que se disputaban espacios de influencia mundial.
Recuerdo esos días como un gran sueño y especialmente de mucha esperanza, donde mujeres y hombres se dieron el derecho de imaginar un Chile más igualitario. Un Chile, donde creímos que la utopía era posible. A ese pueblo le habló el Presidente Allende en la celebración de esa victoria histórica, al pronunciar sus palabras, desde un vetusto balcón de la FECH, en plena Alameda y al finalizar el acto les decía:
“Irán a sus trabajos, mañana o el lunes, alegres y cantando; cantando la victoria tan legítimamente alcanzada y cantando al futuro. Con las manos callosas del pueblo, las tiernas manos de la mujer y la sonrisa del niño, haremos posible la gran tarea que sólo un sueño responsable podrá realizar. El hecho de que estemos esperanzados y felices, no significa que nosotros vayamos a descuidar la vigilancia: el pueblo, este fin de semana, tomará por el talle a la patria y bailaremos desde Arica a Magallanes, y desde la cordillera al mar, una gran cueca, como símbolo de la alegría sana de nuestra vida. “
Chile necesitaba profundas transformaciones paralizadas obstaculizadas y largamente anheladas. Por ello no fue extraña la convergencia reflejada en los programas de gobierno de la Unidad Popular y el del candidato de la Democracia Cristiana, Radomiro Tomic.
Permítanme destacar que ambos programas coincidían en la necesidad de devolver al Estado la propiedad del cobre en Chile y en la implementación de una reforma agraria más profunda que las realizadas hasta ese momento. Estas transformaciones iban a permitir contar con los recursos para construir un Estado moderno, industrializado y que se hiciera cargo de los graves problemas sociales que teníamos como país. Así queríamos terminar con la demanda más sentida de la época como es nuestra persistente desigualdad social.
La conciencia cívica y social de los parlamentarios de la Democracia Cristiana permitió ratificar la mayoría obtenida en las urnas del candidato de la Unidad Popular, Salvador Allende como Presidente de Chile. Sin embargo, nos faltó voluntad política para haber resguardo esa coincidencia programática para un entendimiento más amplio y duradero.
Fue también uno de los momentos más complejos de nuestra historia, con momentos de muchas luces y sombras, en la que el gobierno de la Unidad Popular tuvo que lidiar en varios frentes: la sedición de la derecha golpista, el embargo y el hostigamiento del gobierno de Nixon, y la incomprensión de la ultraizquierda del proceso que se vivía y sus demandas maximalistas.
Igualmente fue uno de los momentos más singulares de la historia del país, caracterizada por las grandes manifestaciones populares, la cultura y los artistas como motores de los cambios, y la consolidación de una gran organización sindical y una universitaria, trabajadores y estudiantes a lo largo de todo el país. También los mil días de la Unidad Popular fueron días donde las chilenas y los chilenos sintieron que construían un Chile distinto de la mano del Compañero Presidente, o del Chicho, como el pueblo lo llamaba y sigue llamándolo.
Sin embargo, los desentendimientos entre los chilenos culminaron de manera trágica con el golpe de Estado, el 11 de septiembre de 1973, y la utopía imaginada fue rota abruptamente.
A finales de la década de los 80, a través de la movilización social, política y cultural logramos el reencuentro de los demócratas para derrotar la dictadura de Pinochet. Hubo mucho que aprender, y muchas lecciones que sacar de la Unidad Popular. Tal vez la más importante es que para un profundo proyecto transformador de la sociedad, el Estado y la economía se requiere de una clara mayoría social y política comprometida con esos cambios.
La figura de Allende sigue viva entre los chilenos. Los jóvenes lo admiran por su ética y por su consecuencia a lo largo de cincuenta años junto a su pueblo. En el centenario de su natalicio más de cuatro millones de votos lo eligieron como el chileno más importante de su historia.
Muchos lugares de Chile y del mundo llevan su nombre: avenidas, plazas, escuelas, centros sociales y organizaciones de base. Solamente quiero destacar por su simbolismo la Escuela de Salud Pública de la Universidad de Chile en Santiago y el Hospital del Cobre en Calama. A éstos se agregan los cientos de lugares en todos los continentes.
Chile siempre recordará al Presidente Allende por haber nacionalizado su principal riqueza: el cobre. Esto ha permitido un mejor desarrollo de este país y con esos ingresos se han financiado las políticas sociales que han permitido salir adelante a muchas familias chilenas, e iniciar la red de protección social que impulsó la ex Presidenta Michelle Bachelet.
Hoy, nuestro desafío es aprovechar al máximo esta riqueza de nuestra tierra, creando relaciones laborales más justas, legislar por un verdadero royalty acorde con los estándares mundiales y, devolviéndole en parte a las regiones mineras que tanto han aportado y que tan poco han recibido, finalmente, fortaleciendo cada vez más a Codelco, nuestra principal empresa pública creada al alero de la nacionalización del cobre.
A 40 años del triunfo de la Unidad Popular, en el año del Bicentenario, quiero expresar que los 33 mineros de la Mina San José representan ese pueblo que Salvador Allende tanto quiso, y son la expresión de la injusticia e las profundas desigualdades pero al mismo tiempo el espíritu de sacrificio y voluntad de sobrevivir, de salir adelante a pesar de todo, constituyéndose en nuestros verdaderos héroes del Bicentenario.
En los 40 años de la victoria de la Unidad Popular, es nuestro rol promover la necesidad de profundas transformaciones que lleven a una mayor justicia social, en especial en estos días difíciles donde nos toca ser oposición. Mantener nuestra unidad como Concertación renovada, e incorporar a todas las fuerzas progresistas para que logremos un nuevo triunfo para toda la sociedad chilena que debe hacerse cargo de los desafíos de hoy.
Queremos más mujeres presentes en distintos ámbitos de la sociedad y no subrepresentadas, queremos respeto por a las minorías sexuales hoy discriminadas.
Debemos levantar la voz frente a las huelga de hambre de los 34 comuneros mapuches, que nos obligan a revisar la Ley Antiterrorista y la Ley sobre Justicia Militar, que injustamente se les ha aplicado. No podemos silenciar esta dramática situación ni permitir un desenlace fatal, precisamente en el Bicentenario.
Tenemos el desafió de buscar un desarrollo igualitario pero sostenible, con respeto al Medio Ambiente y no llenarnos como hasta ahora, está ocurriendo con Centrales Termoeléctricas a carbón o diesel y convertirnos en emisores de contaminantes.
Allende siempre sintió la necesidad de gobernar en alianzas amplias, articulando a los sectores progresistas socialistas, comunistas, radicales, socialcristianos e independientes para derrotar a la derecha.
Ayer lo hicimos para crear la Concertación, derrotar a la dictadura, recuperar la democracia y encaminar a Chile al desarrollo. Hoy, como Concertación debemos retomar este camino de unidad y convergencia para el cambio. Su aspiración por eliminar la brecha de desigualdad entre los chilenos sigue pendiente y como fuerzas políticas estamos llamados a cumplir con ello.
El ejemplo de los que soñaron ese día 4 de septiembre de 1970 nos debe inspirar para construir una sociedad mejor y más tolerante. Es también nuestra obligación enseñar a las futuras generaciones el rico pensamiento del Presidente Salvador Allende, y mantener su memoria viva de cara al siglo al siglo XXI.
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