Estimadas amigas y amigos, Fundadores y Directores de la Fundación 
Salvador Allende, estimados compañeros y compañeras del Partido
 Socialista.
Es para mà un honor y un privilegio entregar el saludo fraterno de la
Democracia Cristiana y el mÃo propio en la conmemoración de los 40
años del triunfo del Presidente Allende.
Aun cuando era casi un niño, pertenezco a una generación para la cual
la noche del 4 de septiembre de 1970 no es un relato contado sino un
recuerdo vivido.
Recuerdo la sorpresa de un niño que siente hervir la ciudad, con la
certeza de que el mundo habÃa cambiado para todos, y tal vez para
siempre. Recuerdo haber seguido en la televisión la visita de Radomiro
Tomic al recién electo presidente Salvador Allende en su casa en
Guardia Vieja y la transmisión de sus palabras esa noche desde la
plaza de la Constitución. Posiblemente fue la primera vez que escuché
la voz en directo del Presidente Allende, como con emoción escuché sus
últimas palabras, un martes temprano, tres años después.
Si el primero fue su momento más glorioso, el segundo fue su momento
más heroico y, por qué no decirlo, más trágico, para él, para su
gobierno y para Chile.
Allende fue un demócrata, qué duda cabe, como lo avalan sus 33 años de
vida parlamentaria, primero como diputado y luego como senador, al
servicio de las luchas del pueblo chileno en favor de la justicia,
acorde con la dignidad de las personas y de los trabajadores.
Nuestro juicio sobre el gobieno de la Unidad Popular no ha cambiado:
fuimos opositores de principio a fin.  Sin embargo, no dudo en
resaltar aquello que considero más valioso de dicho gobierno: la
figura del Presidente Allende, quién obtuviera un triunfo electoral
limpio y democrático el 4 de Septiembre de 1970.  Es esa la fecha que
conmemoramos hoy, una fecha de hondo contenido republicano.
El PDC compartÃa con Salvador Allende muchos de sus ideales,
principalmente la urgente necesidad de introducir reformas
estructurales  al interior de un sistema  excluyente que marginaba  a
vastos sectores de la sociedad, especialmente de los pobres urbanos y
del campesinado. De hecho. nuestros programas de gobierno del año 70
tenÃan muchas coincidencias.
¿Qué fue entonces lo que nos pasó que, en el lapso de unos pocos años,
llegamos a encontramos en posiciones antagónicas y aparentemente
irrenconciliables, en trincheras opuestas, en medio de una lógica más
propia de la guerra que de la polÃtica?
A decir verdad, la pregunta correcta, por no decir profética, la
pronunció desde el Senado, en 1953, otro gran dirigente socialista,
tan ilustre ciudadano como intelectual, Eugenio González, quién se
preguntaba: “¿Existe algún obstáculo insalvable para que los partidos
de avanzada social, afines en sus concepciones económicas,
coincidentes en sus principios libertarios, similares en sus métodos
polÃticos, representativos, en su conjunto, de la inmensa mayorÃa
nacional, encuentren las bases positivas de una acción solidaria en el
Parlamento y en el Gobierno?”
¿Qué llevó a “los partidos de avanzada social”, como el socialista y
el demócrata cristiano, a bifurcar sus caminos, hasta culminar en la
tragedia del quiebre democrático y del golpe de estado de 1973?
La respuesta pareciera estar, por un lado, en el contexto mismo en que
Eugenio González se formulaba esa pregunta: los rigores y la lógica
implacable de una Guerra FrÃa que nos condujo a posturas antagónicas,
especialmente a partir de la revolución cubana, en torno a aquél
fatÃdico dilema de “reforma o revolución” que caracterizó a la
polÃtica latinoamericana en la década de 1960 y comienzos de la década
de 1970.  Chile no solo no escapó a dicho dilema sino que se
constituyó en un verdadero laboratorio social donde diversos
experimentos ideológicos, de signo totalizante y excluyente, fueron
llevados a la práctica.  Ninguno de nosotros, ni de nuestros partidos,
deja de tener algún grado de responsabilidad en esos procesos, tan
llenos de ideologÃa como carentes de realidad.
Por otro lado, estaba un sistema polÃtico que premiaba la elección de
un gobierno de minorÃa, como el caso de Jorge Alessandri, en 1958, y
el del propio Salvador Allende, en 1970, impidiendo la conformación de
grandes coaliciones mayoritarias.  Lo anterior se dio en el marco de
ese “empate catastrófico” sobre el que escribió Tomás Moulián algunos
años después, de un sistema partidista fuertemente polarizado, y de un
sistema electoral de tendencia centrÃfuga.
Hubo, sin embargo, un tercer factor, acaso más gravitante que los dos
anteriores, como fue el deterioro de las grandes tradiciones
republicanas y, muy particularmente, la pérdida de la amistad cÃvica
que debe imperar en una república democrática.
¿Cómo medir, cuantificar, o evaluar, los costos que tuvo para nuestro
paÃs, y particularmente para los sectores populares, por la ruptura de
la amistad entre Salvador Allende y Eduardo Frei Montalva, los más
altos representantes de las luchas populares y democráticas en pos de
la justicia social?
La buena noticia es que pareciéramos haber aprendido la lección: la
reconstitución de nuestras fuerzas polÃticas, en nuestra historia más
reciente, en torno a lo que no dudo en llamar como la coalición
polÃtica más exitosa de la historia de Chile, la Concertación de
Partidos por la Democracia, tiene mucho que ver con la reconstitución
de la amistad cÃvica.  De ello dieron cuenta el encuentro fructÃfero
de un Gabriel Valdés con un Ricardo Núñez o un Ricardo Lagos, a
comienzos de la década de 1980, y de un Patricio Aylwin y Clodomiro
Almeyda, a fines de esa década, y la de muchos de nosotros que aquÃ
nos encontramos, hoy reunidos, y que fuimos convergiendo en las luchas
en favor de los derechos humanos, generalmente al amparo de esa
Iglesia profética del Cardenal Silva HenrÃquez que llegó a ser “la voz
de los que no tienen voz” y que creó las bases espirituales del
reencuentro entre los chilenos.
Lo que no se logró con la voz profética del Cardenal Silva, en 1973,
bajo el gobierno de la Unidad Popular (“matemos el odio antes que el
oido mate a Chile”), sà se logró con la sentencia imperativa de Juan
Pablo II, en su visita a nuestro paÃs, en 1987, al recordarnos que
”Chile tiene vocación de entendimiento y no de confontación”.

 Los que estamos hoy, aquà reunidos, hemos sido testigos y 
protagonistas del proyecto histórico que hemos encarnado en torno a la Concertación de Partidos por la Democracia.  Lo hemos hecho a partir
de las fecundas lecciones que condujeron, a la postre, a la elección
de dos demócrata cristianos (Aylwin y Frei) y dos socialistas (Lagos y
 Bachelet), retomando lo mejor de nuestra historia republicana y de las
luchas sociales y polÃticas del pueblo chileno.
Nosotros los demócrata cristianos provenimos de un republicanismo
cristiano, ustedes, nuestros amigos socialistas, de un republicanismo
laico.  Juntos, somos “la continuidad histórica de Chile”, como lo
proclamó Eduardo Frei Montalva en el Teatro Caupolicán, en 1980,
cuando recién levantábamos el vuelo para construir “Una Patria Para
Todos” (Jaime Castillo V.).
Este es tal vez el mejor homenaje póstumo que hayamos podido tributar
a los mejores de entre nosotros: Salvador Allende y Eduardo Frei
Montalva.
Esa es la memoria que conmemoramos hoy en torno a ese histórico 4 de
Septiembre de 1970; lo hacemos, una vez más, en el mes de la patria,
en este caso, en el año del bicentenario.
Lo hacemos también, por qué no decirlo, en una perspectiva de futuro,
de renovación y de cambio, al margen de toda nostalgia, porque, como
dijera Bernardo Leighton, “recuerden ustedes que los proyectos deben
ser siempre más que los recuerdos”.
Cuando la democracia y el pueblo chilenos pudimos al fin dar digna
sepultura al Presidente Allende, con los honores que le correspondÃan
y que la república le debÃa en un dÃa como hoy, en un 4 de septiembre
de hace exactamente 20 años, el Presidente Aylwin  terminó sus
palabras con las mismas que quisiera terminar hoy: “Estoy cierto que
si Salvador Allende estuviera entre nosotros, nos acompañarÃa en
nuestro empeño de aunar esfuerzos para construir juntos una patria de
hermanos, libre, justa y solidaria”
Muchas gracias.
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